Construir y vivir en una colonia espacial

En la reciente película Elysium el protagonista indiscutible es una gran colonia espacial homónima que sirve de hogar para una élite rica y poderosa que controla los designios de la humanidad. Dejando a un lado la crítica social, tenemos a miles de seres humanos viviendo a todo lujo en el espacio como dioses de la antigüedad. ¿Es posible algo así? Y en caso afirmativo, ¿cómo podemos hacerlo realidad? De entrada debemos dejar clara la diferencia entre colonia o hábitat espacial y estación espacial a secas. Una estación espacial no deja de ser un simple vehículo en el que solamente pueden vivir unas pocas personas, decenas o centenares como mucho. Una colonia espacial sin embargo es un mundo autosuficiente en miniatura capaz de soportar una población de miles o decenas de miles de seres humanos de todas las edades, y está al alcance de nuestra tecnología actual.
De hecho, ahora mismo tenemos no una, sino dos estaciones espaciales en órbita (la ISS y la Tiangong 1). Una colonia espacial es por ahora algo con lo que sólo podemos soñar. La diferencia debería ser obvia, pero por extraños motivos ambos conceptos suelen confundirse a menudo.

Interior de Elysium.

Bien, ¿pero qué hay de Elysium? Hasta donde yo sé, esta película es la primera en la que aparece en detalle una colonia espacial toroidal. Y no una cualquiera, ya que se trata de un Toro de Stanford -no ese toro, sino éste-, del que hablaremos en detalle más adelante. La idea es muy simple: hacemos girar una colonia con forma de rosquilla para generar gravedad artificial gracias a la fuerza centrífuga de tal forma que los astronautas no tengan que estar flotando por ahí. Este concepto no es nada nuevo y como veremos ya fue sugerido en los años veinte por Herman Potočnik para su empleo en estaciones -no colonias- espaciales (la estación espacial de 2001: Odisea en el espacio emplea este diseño).

El problema con Elysium es que se trata de una colonia espacial realmente grande. Nada más y nada menos que un toro de 60 kilómetros de diámetro y dos de ancho. Y, aunque suene a chiste, en la película la colonia no está cerrada y su atmósfera queda expuesta al vacío, lo que resulta genial para que las naves procedentes de la Tierra puedan aterrizar en el jardín de tu casa, pero no es tan buena idea si lo quieres es respirar. La fuerza centrífuga podría mantener una atmósfera en Elysium si las paredes laterales de la colonia fuesen muchísimo más altas (en la película parecen que no superan el kilómetro de altura), o si en vez de 1 g la colonia estuviese sometida a una aceleración incompatible con la vida, o si la temperatura del aire estuviese cercana al cero absoluto, o si… bueno, creo que pillan la idea. Algo me dice que los diseñadores gráficos de la película han jugado demasiado a juegos del tipo Halo en los que aparece una megaestructura de ciencia ficción similar al Mundo Anillo de Larry Niven (por ahora fuera del alcance de nuestra tecnología). Para justificar este desaguisado, el director Neill Blomkamp ha declarado que la colonia usa unos ‘sprays atmosféricos’ para mantener la atmósfera en su sitio, aunque bien podría haber dicho que era cuestión de ‘escudos de fuerza’ o algún otro comodín de la ciencia ficción.

Elysium.

Para más inri, en algunas escenas el cielo de Elysium aparece azul, pero dudo mucho que una columna de aire de un kilómetro de altura sea suficiente para crear la dispersión de Rayleigh requerida para dar un tono celeste a la atmósfera (aunque todo depende de la densidad. Que alguien haga los cálculos, por favor). En cualquier caso, quitar el ‘techo’ de la colonia es una mala idea de cara a proteger a la población contra la radiación y los micrometeoritos por motivos más que obvios. Para terminar de rematar la confusión con Elysium, no queda claro cómo se ilumina la colonia. Puesto que sólo la cara interior del toro es habitable, necesitamos forzosamente espejos para iluminar esta sección del hábitat, a no ser que queramos pagar una fortuna en la factura de la luz. ¿Algo más? Ah, sí, se me olvidaba. De las imágenes de la película podemos inferir que Elysium gira alrededor de la Tierra en una órbita de unos tres mil kilómetros de altura, lo que la situaría justo en medio de los cinturones interiores de radiación de la Tierra. Quizás la medicina milagrosa de la que disponen los habitantes de la colonia les permita curar los daños creados por los cinturones de Van Allen en un periquete. Vaya usted a saber.

Vale, está claro que Elysium no es un buen modelo de colonia espacial, lo que ciertamente es una pena y hace que lloremos por esta oportunidad perdida. Es demasiado grande y no está cubierta. Pero, ¿se puede construir algo parecido? Como vimos más arriba, el concepto de estación espacial toroidal con gravedad artificial es muy antiguo. El pionero de la cosmonáutica Konstantín Tsiolkovsky ya sugirió en 1895 -aunque sus ideas serían publicadas en 1903- que la rotación de una nave espacial podría ser usada para crear gravedad artificial. Ni corto ni perezoso, Tsiolkovski también pensó en dotar a las estaciones espaciales de invernaderos para hacerlas autosuficientes.

La primera estación toroidal aparece en 1928, cuando Herman Potočnik publica su obra Das Problem der Befahrung des Weltraums. Der Raketen-Motor (‘El problema del viaje espacial. El motor cohete’) bajo el pseudónimo de Hermann Noordung. Potočnik concibió una estación espacial anular o Wohnrad (‘rueda vivienda’ en alemán) de treinta metros de diámetro con espejos para iluminar la cara interior del toro. La idea de Potočnik sería popularizada por otros visionarios alemanes como Hermann Oberth, Wernher von Braun o Willy Ley, aunque habría que esperar a los años 50 para que el concepto se hiciese realmente popular. Precisamente, de esa época son los famosos dibujos de estaciones espaciales toroidales que el artista Chesley Bonestell creó para la serie Man will conquer space soon! de la revista Colliers, tomando como base las ideas de von Braun y Ley. Estos diseños de estaciones espaciales rotatorias quedaron marcados a fuego en el subconsciente colectivo de toda una generación. Cuando unos quince años más tarde Kubrick tuvo que imaginar una gran estación espacial para 2001: Odisea en el espacio no se lo pensó dos veces y le dio una forma toroidal, como no podía ser de otra forma. Pero todo esto son estaciones espaciales, no colonias.

La Wohnrad de Herman Potočnik (Wikipedia).


Dibujo de una espacial toroidal soviética de 1950
Estación toroidal de Chesley Bonestell aparecida en Colliers basada en la obra de von Braun.

El primero en pensar a lo grande -y plasmarlo en papel- fue el físico irlandés John D. Bernal, que en 1929 publicó la obra The World, the Flesh and the Devil, donde describió las primeras colonias espaciales. Bernal imaginó que los primeros hábitats espaciales serían gigantescas esferas de 16 kilómetros de diámetro con capacidad para veinte mil o treinta mil personas. Cierto es que no dio muchos detalles, la verdad, pero su idea quedó ahí. Varias décadas después, en 1956, Darrell Romick propuso una extravagante colonia para veinte mil personas. El hábitat de Romick era un extraño cilindro de un kilómetro de largo y trescientos metros de diámetro con una sección en forma de disco localizada en uno de los extremos. El disco tenía quinientos metros de diámetro y con 82 pisos donde habitarían los colonos. Esta colonia debía servir como muelle orbital para construir naves con destino a otros mundos, muy en la línea de las ideas de von Braun.

Estación espacial de Darrell Romick.

Pero si la colonización del espacio fuese una religión, Gerard K. O’Neill sería su único profeta. Este profesor de física de Princeton reinventó el concepto de hábitat espacial y lo popularizó hasta extremos insospechados durante la década de los 70. Hablar de colonias espaciales sin mencionar a O’Neill es como hacer una tortilla sin huevos. O’Neill no sólo impulsó la idea de colonias espaciales, sino que creó una auténtico movimiento social sin fronteras para fomentar la trascendencia de la humanidad y la exploración del espacio. En palabras de O’Neill, las superficies planetarias no son el mejor lugar para una civilización tecnológica. Si la humanidad quiere prosperar, debe vivir en el espacio, allá donde la energía es abundante y gratuita y no hay peligro de contaminar ningún ecosistema. Las colonias espaciales eran la solución al crecimiento depredador de nuestra civilización: en el espacio nuestra especie podría crecer exponencialmente gracias a la energía y recursos ilimitados del Sistema Solar sin temor a destruir nuestro frágil planeta.

Gerard K. O’Neill, el gurú de las colonias espaciales (NASA).

Todo comenzó en 1969 cuando O’Neill ejercía como profesor de física de primer año en la Universidad de Princeton. Atraído por el concepto de estaciones espaciales, empezó a mandar tareas a sus estudiantes para que explorasen la física relacionada con estos asentamientos. Los deberes pronto se convirtieron en grupos de trabajo semipermanentes y al poco O’Neill y sus chicos concibieron los primeros bocetos de colonias modernas tal y como las conocemos hoy en día. Es decir, mundos artificiales autosuficientes con capacidad para miles de personas. A diferencia del veterano diseño Wohnrad de Potočnik, las colonias de O’Neill tenían forma cilíndrica en vez de toroidal, un diseño ya sugerido en 1954 por Hermann Oberth en Menschen im Weltraum (‘Humanos en el espacio’). Y no por casualidad: el cilindro es la forma geométrica que permite tener la mayor superficie con la misma gravedad artificial para una masa -o superficie- determinada. Cada hábitat sería un enorme tubo que giraría sobre su eje longitudinal, generando así una gravedad artificial similar o ligeramente inferior a la terrestre. La superficie interna del cilindro estaría cubierta por ríos, montañas y campos de cultivo. O ciudades y desiertos, ya puestos. Cualquier combinación era posible. Los colonos vivirían en pequeñas comunidades repartidas por un paisaje bucólico esculpido a golpe de imaginación. Cada cilindro estaría dividido en tres secciones longitudinales habitables apodadas ‘valles’ intercaladas con tres gigantescas ‘ventanas’ -‘solars’- para la iluminación. Tres enormes espejos fijados a la base de la estructura servirían para canalizar la luz solar a través de las ventanas y simular el ciclo día-noche. Las nubes se deslizarían por la superficie a unos 1300 metros de altura en una atmósfera con una presión inferior a la terrestre compuesta principalmente por oxígeno (el nitrógeno resulta demasiado caro para llevar miles de toneladas desde la Tierra). La comida se generaría en 72 pequeños cilindros independientes situados alrededor del hábitat principal, donde estarían situadas las zonas agrícolas y las granjas. Cada uno de estos pequeños cilindro estaría dotado de un espejo propio que garantizaría una iluminación constante para los cultivos.

Diseño básico de un Cilindro de O’Neill, la colonia espacial por antonomasia (Don Davis/NASA).
Dos cilindros O’Neill acoplados para neutralizar su momento angular. Se aprecian los pequeños cilindros granjas a su alrededor y el sistema de espejos (NASA/Don Davis).
Vista del interior de uno de los cilindros (NASA/Don Davis).

¿Y los micrometeoritos? De acuerdo con los cálculos de O’Neill, no serían un problema. La colonia sería tan grande que incluso si uno de ellos lograba perforar uno de los múltiples paneles que forman las ventanas el aire tardaría más de trescientos años en escapar. Tiempo más que suficiente para buscar algún repuesto y arreglarlo. El diseño básico del Cilindro de O’Neill, como sería conocido este tipo de colonia, preveía la construcción de hábitats en parejas, cada uno con un sentido de rotación opuesto. De esta forma se cancelaría el momento angular total del sistema, permitiendo maniobrarlo fácilmente para que estuviese orientado continuamente al Sol. De no ser así, el eje de la colonia se desplazaría aproximadamente 1º al día con respecto al astro rey.

Partes del cilindro de O’Neill (Physics Today/Gerard K. O’Neill).

Los millones de toneladas requeridos para la construcción de estos monstruos no procederían de la Tierra, sino de la Luna. Su pozo gravitatorio es muy inferior al de nuestro planeta, por lo que resulta mucho más sencillo trasladar los materiales desde nuestro satélite que desde la Tierra. Las misiones Apolo acababan de descubrir que el regolito lunar contenía grandes cantidades de oxígeno y metales- aluminio, magnesio y titanio principalmente- que estaban esperando a ser recolectados. Un acelerador lineal de masas -una especie de acelerador de partículas a lo bestia- sería el encargado de trasladar los millones de toneladas de material hasta el punto de Lagrange L5 del sistema Tierra-Luna, el lugar elegido para la construcción de la colonia. Desde L5 -o L4- se podría acceder fácilmente a la órbita geoestacionaria o lunar con un coste energético mínimo. Gracias a los materiales lunares, la colonia sólo tendría que importar de la Tierra hidrógeno -como combustible y para crear agua junto al oxígeno lunar-, nitrógeno -como fertilizante y para la atmósfera- y carbono. Con el tiempo se esperaba que la colonia pudiese adquirir estos elementos en los asteroides cercanos, eliminando así la dependencia de la Tierra en cuanto a materiales.

Presupuesto energético para moverse desde L5 o L4 (NASA).

O’Neill concibió tres tipos de hábitat según el tamaño, posteriormente denominados ‘islas’. Isla 1, la más pequeña y la primera en construirse, sería un cilindro de un kilómetro de longitud y doscientos metros de diámetro, con una población de diez mil personas. Isla 2 tendría unas dimensiones de 3,2 kilómetros por 640 metros y en su interior podrían vivir hasta cien mil personas. Isla 3 sería un enorme cilindro de 10 x 2 kilómetros con un millón de almas, mientras que Isla 4 mediría 32 x 6,4 kilómetros y podría dar cabida hasta veinte millones de colonos. Isla 4 era la colonia más grande que podría construirse usando tecnología, digamos, ‘normal’.

Otra vista del interior del cilindro (NASA/Don Davis).

Después de pasar cinco años madurando su concepto de colonia espacial, en septiembre de 1974 O’Neill publicó en Physics Today el artículo Colonization of Space, el primer documento técnico que abordaba los desafíos técnicos de los hábitats espaciales. Ciertamente, O’Neill no inventó el concepto de colonia espacial cilíndrica, ya que muchos ingenieros y escritores de ciencia ficción habían jugado con la idea previamente. De hecho, Arthur C. Clarke publicó su famosa novela Cita con Rama en 1972, dos años antes de que O’Neill escribiese su artículo (el protagonista de la obra de Clarke es Rama, una nave interestelar alienígena que es al mismo tiempo un hábitat cilíndrico). No obstante, O’Neill detalló el concepto hasta niveles sin precedentes, estudiando en detalle no sólo los problemas técnicos más importantes, sino también los aspectos ecológicos o culturales. Una de las críticas más habituales a los cilindros de O’Neill era el enorme tamaño que debían tener los espejos para la iluminación. Diseños alternativos del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) demostraron que era posible iluminar el interior de un hábitat cilíndrico con ventanas de menor tamaño, aunque a cambio de introducir espejos más grandes (que, por otro lado, podían ser fijos).

Diseños de hábitats cilíndricos del MIT con distintas soluciones para la iluminación de hábitats cilíndricos. En el segundo caso el hábitat sólo tiene una ventana frontal (Don Davis).

A mediados de los años 70 las colonias espaciales estaban en boca de todo el mundo. El programa Apolo no había sido más que un pequeño aperitivo. Ahora venía lo realmente interesante. En verano de 1975 el centro Ames de la NASA y la Universidad de Stanford organizaron conjuntamente un simposio conocido como el 1975 Summer Study. Durante diez semanas, docenas de expertos de todas las áreas del conocimiento se reunieron para discutir la viabilidad tecnológica de las colonias espaciales bajo la dirección técnica del propio Gerard O’Neill. Para sorpresa de todos, los cálculos preliminares de O’Neill resultaron ser básicamente correctos y no existía ningún impedimento serio para la construcción de hábitats espaciales. Suponiendo claro está que uno tuviese a su disposición millones de toneladas de material lunar y un presupuesto casi ilimitado. En fin, detalles sin importancia. El Summer Study de 1975 detectó varios puntos débiles en los modelos de colonia de O’Neill, siendo el más importante de ellos la falta de una protección adecuada contra la radiación. Para subsanarlo, los expertos de la NASA recomendaron aumentar la masa de las colonias considerablemente, una masa extra que serviría como escudo contra la radiación.

El Summer Study analizó las posibles geometrías que podría tener un hábitat espacial. Puesto que una condición necesaria es que la colonia gire para poder tener gravedad artificial, los hábitats deben ser simétricos con respecto a un eje de rotación como mínimo, lo que limita las posibles formas a la esfera, el toro, la mancuerna y el cilindro (o una combinación de varias de ellas). Por lo tanto, no es de extrañar que todas -con la excepción de la mancuerna- hayan sido propuestas para los diseños de hábitats espaciales.

Posibles formas para hábitats espaciales (NASA).

Fruto del Summer Study surgió el famoso concepto de Toro de Stanford en el que Elysium está basado. Básicamente, una versión supervitaminada de la clásica estación en rueda de Potočnik que, a diferencia del Cilindro de O’Neill, permitía aprovechar el volumen presurizado al máximo. El Toro de Stanford era una colonia con un diámetro de 1795 metros dotada de un tubo presurizado de 130 metros de diámetro. El hábitat tendría una población de diez mil personas y giraría una vez por minuto para garantizar una aceleración de 1 g. La estructura toroidal estaba unida al eje por seis radios de quince metros de diámetro. La parte central del hábitat incluía los puertos de atraque para naves espaciales, que no tendrían que igualar sus velocidades con el exterior giratorio para acoplarse.



Toro de Stanford. Arriba, el espejo principal (NASA).
Sección del toro (NASA).
Áreas de vivienda y agrícolas (NASA).

La iluminación, ese tema que Elysium pasa por alto, estaría garantizada gracias a un gran espejo circular situado sobre la colonia. El espejo formaría un ángulo de 45º con respecto al plano del toro y reflejaría la luz del sol hacia otro conjunto de espejos situados alrededor del eje, los cuales conducirían a su vez la luz hacia la sección presurizada. Esta zona estaría cubierta por un techo acristalado formado por varios espejos para filtrar la radiación ultravioleta.

Interior del Toro de Stanford. Estas ilustraciones presentan una colonia ideal con una densidad de población muy baja (NASA/Don Davis).
Otra disposición alternativa del Toro de Stanford con mayor densidad de población (NASA/Don Davis).
Construcción del Toro (NASA).
Detalle del sistema de espejos para la parte acristalada del Toro de Stanford (NASA).

El estudio de la NASA determinó que sólo serían necesarias 63 hectáreas de suelo cultivable para generar los alimentos de la colonia. No obstante, la estructura social sería más cercana a la de un kibbutz israelí que a la elitista sociedad que aparece en Elysium. Los colonos vivirían en modestos apartamentos individuales situados en terrazas para aprovechar al máximo el espacio interior. Las ventanas y paredes serían sólo necesarias para garantizar la privacidad, ya que el clima no sería un problema. En el interior de las casas abundarían los muebles y los objetos de metal o cerámica fabricados a partir del regolito lunar, pero a cambio escasearían los elementos de plástico o madera, que deberían ser importados desde la Tierra. La colonia requeriría una masa de diez millones de toneladas para ser construida, incluyendo una estructura metálica principal de 2,1 centímetros de grosor como mínimo con una masa total de 156000 toneladas. Para las ventanas de la parte interior se requerirían 48000 toneladas de cristal con un espesor de 2,8 centímetros. La parte superior de la sección presurizada contendría las viviendas, parques y zonas de agrícolas, mientras que la sección inferior estaría destinada a la maquinaria requerida para hacer funcionar toda la colonia. El escudo antirradiación de regolito lunar estaría situado a pocos metros del toro presurizado. Al ser estático, la presencia del escudo hacía posible un fallo catastrófico de la estructura en caso de choque con la sección giratoria.

Tráfico para una colonia en L5 (NASA).
Composición del regolito lunar, el material elegido para las colonias (NASA).
Cálculo de masas del Toro de Stanford (NASA).

En 1977 la NASA realizó el segundo y último estudio sobre hábitats espaciales en el que también participó O’Neill. A raíz del mismo se introdujo un nuevo diseño para los hábitats espaciales, denominado ‘esfera de Bernal’, basado en el concepto de John Bernal que mencionamos más arriba. Puesto que la esfera es el sólido que posee una menor superficie para un volumen dado, se decidió emplear una esfera en vez de un cilindro o un toro para el hábitat central con el motivo de ahorrar masa. Y eso a pesar de no ser la forma óptima desde el punto de vista de la comodidad de los colonos, para los cuales la zona habitable parecería ser un enorme valle en pendiente. Mantener a los habitantes protegidos de la radiación se convirtió en una prioridad, de ahí que las ventanas para la iluminación estuviesen dispuestas de tal forma que estaban protegidas de la radiación y los micrometeoritos. Un conjunto de espejos exteriores colocados ingeniosamente iluminarían el interior de la esfera a través de las dos ventanas. La zona agrícola estaría dispuesta en una sucesión de pequeños toros colocados delante y detrás de la esfera principal. Al igual que con los cilindros, O’Neill imaginó toda una serie de ‘islas’ de Bernal en función de su tamaño.

Esfera de Bernal ‘Isla Uno’. Se aprecian los espejos para llevar la luz al interior del hábitat (NASA).
Partes de la esfera de Bernal (arriba), sin espejos. Abajo, sistema de iluminación (NASA/Don Davis).
Interior de la Esfera de Bernal (NASA).
Zona de granjas de la Esfera de Bernal (NASA/Don Davis).
Escala de la Esfera de Bernal ‘Isla Uno’ (NASA/Don Davis).




Dibujos alternativos del interior de la Esfera de Bernal.

Las ideas de O’Neill se hicieron tan populares que en 1975 se creó la L-5 Society, una agrupación de aficionados destinada a popularizar el concepto de colonias espaciales. En 1977 nacería el Space Studies Institute, otra organización similar fundada por el propio O’Neill y su esposa. Ese mismo año, O’Neill publicó The High Frontier, una obra que pronto se convertiría en la Biblia de los partidarios de las ciudades espaciales. Ilustrado por el famoso artista Don Davis, The High Frontier es un delicioso ensayo que desborda optimismo en el futuro de la humanidad y una fe sin igual en la tecnología. Vamos, el tipo de libro que sería imposible encontrar hoy en día. El interés en las colonias espaciales alcanzó su zenit a finales de los años 70 gracias a la combinación del entusiasmo depositado en el programa espacial tripulado tras las misiones Apolo y la esperanza de que las estaciones geoestacionarias de energía solar (SPS) se convirtiesen en la salvación energética de la humanidad en plena crisis del petróleo. De hecho, la principal justificación para la existencia de las colonias espaciales era precisamente servir de factorías para las gigantescas estaciones de energía solar.

La construcción de estaciones geoestacionarias de energía solar (SPS) sería la principal ocupación de las colonias espaciales (NASA).

En los años 80 la realidad le dio una bofetada a los ambiciosos planes de colonias espaciales de la década anterior. Pasada la crisis del petróleo, los políticos perdieron el interés en las estaciones SPS -si es que alguna vez tuvieron alguno-, con lo que desapareció la principal justificación para la construcción de hábitats espaciales. Por otro lado, los sueños de un acceso barato al espacio -fundamentales para la construcción de la colonia- se volatilizaron sobre el cielo de Florida en 1986 junto con el transbordador Challenger. Desde entonces el estudio sobre colonias espaciales ha avanzado muy lentamente, principalmente porque poco más se puede añadir al trabajo teórico realizado hace cuatro décadas.

En los últimos años hemos podido ver conceptos novedosos que intentan reducir los problemas inherentes a los tres diseños básicos de hábitats espaciales (Cilindro de O’Neill, Toro de Stanford y Esfera de Bernal). Quizás más el llamativo, con el permiso del Lewis One de la NASA, es Kalpana One, un hábitat cilíndrico para tres mil personas que es una especie de híbrido entre el Cilindro de O’Neill y el Toro de Stanford. Con un radio de 250 metros y una longitud de 350 metros, Kalpana One intenta solucionar el principal inconveniente de los hábitats rotatorios, que es la tendencia a la precesión del eje principal de rotación de la colonia, lo que explica la forma de cilindro achatado (lo que aumenta su momento de inercia) elegido para Kalpana One. Además, la colonia dispone de varios contrapesos localizados en los extremos de un cable como sistema activo de control de la precesión. El tamaño de Kalpana One es el mínimo necesario para crear una gravedad similar a la terrestre girando a no más de dos revoluciones por minuto. La masa del hábitat sería de quince millones de toneladas, la mayoría de ellas regolito lunar para proteger a los habitantes de la radiación.

Los tres tipos de colonia espacial ‘clásicos’.
Colonia espacial Kalpana One. Abajo, el interior (spacehabs.com).

Entonces, y respondiendo a la pregunta inicial, ¿podemos construir algo como Elysium? Si has leído hasta aquí, es evidente que la respuesta es afirmativa. Efectivamente, no existe ningún obstáculo tecnológico de primer orden que nos impida vivir en el cielo como semidioses. Eso sí, resulta igual de evidente que por ahora no tenemos ni la motivación ni los recursos necesarios para hacerlo. Aún es pronto para saber si O’Neill estaba en lo cierto cuando afirmaba que el futuro de la humanidad no está en los pozos gravitatorios de los planetas. Es posible que el concepto de colonia espacial sea simplemente demasiado ambicioso para nuestra civilización y nunca se haga realidad. O quizás O’Neill tenga razón después de todo y dentro de unas pocas décadas seremos capaces de volar libremente en gravedad cero cerca del eje de un hábitat espacial mientras contemplamos un paisaje bucólico alrededor nuestro. Esperemos que sea lo segundo.

Los aviones de propulsión humana podrían ser viables cerca del eje de un hábitat espacial. Mola, ¿no? (NASA/Don Davis).

 Fuente: Eureka de Daniel Marin

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