El significado OCULTO de los Evangelios

Hoy hablaremos sobre Cristo, pero no sobre el cristianismo. El cristianismo no tiene nada que ver con Cristo. De hecho, el cristianismo es anti-Cristo…, exactamente igual que el budismo es anti-Buda y el jainismo es anti-Mahavir. Cristo posee algo que no puede organizarse. Su propia naturaleza es la rebelión y la rebelión no puede ser organizada, en el momento en que la organizas, la matas. Pero su cadáver permanece. Puedes adorarle, pero no puedes ser transformado por él. Puedes llevar esa carga durante siglos y siglos, pero solo será un peso, no va a liberarte. Por eso, desde un principio, dejémoslo absolutamente claro.
Estoy totalmente a favor de Cristo, pero ni lo más mínimo a favor del cristianismo. Si quieres llegar a Cristo, tienes que ir más allá del cristianismo. Si te aferras demasiado al cristianismo, no podrás comprender a Cristo.

Cristo está más allá de todas las iglesias (Osho)

La flauta en los labios de Dios

Mateo 5

Al ver a la gente, subió al monte y se sentó; se le acercaron sus discípulos;

Y, abriendo su boca, les enseñaba así:

  1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
  2. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
  3. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
  4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.
  5. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
  6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
  7. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
  8. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Alegraos y regocijaos, porque es grande lustra recompensa en los cielos. Pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. Vosotros sois la sal de la tierra; si la sal se desvirtúa, ¿Con qué se la salará? Para nada vale ya, sino para tirarla afuera, a que la pisen los hombres.

El Evangelio empieza de una forma increíblemente hermosa, ningún otro libro comienza de esa manera, ningún otro libro puede empezar de esa forma. La Biblia es «El libro de los libros»: ese es el significado exacto de la palabra «Biblia»; el Libro. Es el documento más preciado que la humanidad posee. Por eso se le llama «Testamento», porque en ella Jesús es el testigo de Dios, su testamento. Es la única prueba posible. Dios no puede ser demostrado, sólo un hombre como Jesús puede ser su testimonio.

El Evangelio contiene toda la belleza del florecimiento de Jesús, sus bienaventuranzas. Esas afirmaciones son las más hermosas jamás hechas. Ni siquiera Buda o Lao Tse, han hablado de esta manera. Buda es muy filosófico, muy refinado; Jesús es muy simple, sencillo. Jesús habla como un aldeano, un granjero, un pescador. Pero aunque habla como la gente común, sus palabras tienen solidez, concreción, realidad.

Las palabras de Buda son abstractas; son palabras muy, muy elevadas, filosóficas. Las palabras de Jesús son muy de la tierra, son muy mundanas. Tienen la fragancia que desprende la tierra cuando empieza a llover —el olor a tierra mojada, el aroma que se percibe a la orilla del mar, la fragancia del océano, de los árboles—. Las palabras de Jesús están muy conectadas con la tierra, muy enraizadas en ella. Es un hombre mundano, y ahí reside su belleza. Nadie más puede compararse con esa belleza. El cielo está bien, pero es abstracto, está muy lejos, muy distante.

Por eso os digo que no hay otro libro que empiece como lo hace el Evangelio;
ningún otro libro habla como lo hace el Evangelio.

La palabra evangelio (gospel en inglés) viene de la palabra GODSPEL (God: Dios; spell: representación; representación de Dios). Dios habló a través de Jesús. Jesús es como un bambú hueco. La canción es de Dios, y las metáforas de Jesús son la verdad de la vida. No enreda los conceptos, simplemente muestra la verdad tal y como es.

Primer el comienzo: «El libro de las generaciones de Jesús Cristo, el hijo de David, el hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac y este a Jacob. Jacob engendró a Judá… Judá a Faré… Faré engendró a Esrón y este a Aram…», y así sucesivamente. Después: «… Jacob engendró a José, el esposo de María, de quien nació Jesús que fue llamado Cristo».

A continuación esta genealogía se detiene de repente. Cuarenta y dos generaciones pasaron desde Abraham hasta Jesús. El Evangelio registra estas cuarenta y dos generaciones, y de pronto nace Jesús y la genealogía se para. Súbitamente llega el punto final. Porque Jesús es la realización; no existe un más allá. Jesús es la culminación —no existe posibilidad de ir más allá—. «Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob…» —así sucesivamente. A partir de ahí no puede irse más allá de Jesús: se ha alcanzado lo supremo. Jesús es el florecimiento y la realización. Por eso la Biblia llama a Jesús el PLEROMA, la realización.

Esas cuarenta y dos generaciones se completan con Jesús. Toda la historia que precede a Jesús se completa con él. El hogar ha llegado. Él es el fruto, el crecimiento, la evolución de esas cuarenta y dos generaciones. Jesús es la realización, por eso el Evangelio no habla más allá de él. Jesús no engendró a nadie, Jesús se engendró a si mismo. Este es el significado de la palabra «Cristo».

Existen dos tipos de nacimiento. Uno, por medio de otros —del padre y de la madre— un nacimiento corporal. El otro nacimiento tienes que dártelo a ti mismo, tienes que nacer de ti mismo; tienes que ser el útero, el padre, la madre, y el niño. Tienes que morir al pasado y nacer al futuro. Tienes que engendrarte a ti mismo. Por eso digo que el libro comienza de una manera increíblemente hermosa, muy significativa: Jesús no engendró a nadie, se engendró a si mismo.

Este es el dignificado de crucifixión y resurrección.
Se crucifica el cuerpo, el espíritu no puede ser crucificado.
El cuerpo puede ser destruido, el espíritu no puede ser destruido.

El cuerpo es denso: una espada puede cortarlo, el veneno puede matarlo; incluso aunque nada vaya a matarlo, la muerte llegará y el cuerpo se habrá ido. Tiene que marcharse, está sujeto a irse; solo permanece allí en el momento presente. Aquellos que son conscientes, utilizan su tiempo para crear espíritu en ellos.

El cuerpo es como las uvas. Las uvas tienen que extinguirse. No puedes guardarlas por mucho tiempo —se pudrirán; pero de ellas puedes hacer vino, por eso también se le llama «Espíritu». Puedes crear espíritu de tu ser, un vino. Las uvas no puedes acumularse, son temporales, momentánea. Pero el vino puede permanecer siempre. De hecho, cuanto más añejo, más preciado y valorado es. Tiene una duración atemporal, algo que pertenece a la eternidad.

El cuerpo es como las uvas, y si lo utilizas correctamente, puedes crear vino dentro de ti. El cuerpo desaparecerá, pero el vino puede permanecer, el espíritu puede permanecer.

Jesús ha hecho muchos milagros. Uno de ellos es transformar el agua en vino. Esto es una metáfora —no lo tomes literalmente. Si lo tomas literalmente, destruyes su significado, su sentido. Y si tratas de demostrar que es un hecho histórico, eres un estúpido y, contigo, Jesús también parece un estúpido. Son metáforas del mundo interior.

El mundo interior no puede ser expresado literalmente, sino simbólicamente —solo alegóricamente. Convertir el agua en vino únicamente significa crear lo eterno, convertir lo que no perdura en aquello que sí perdura.

Si guardas agua, antes o después empezará a oler mal. Sin embargo, puedes guardar vino durante años, siglos; y cuanto más tiempo pase mejor será, más fuerte, más potente. El vino es una metáfora de lo eterno.

Jesús se transforma a través del sacrificio. Nunca nadie puede transformarse sin sacrificio. Tienes que pagar por ello: la cruz es el precio que se paga. Tienes que MORIR para volver a nacer, tienes que perderlo todo para ganar a Dios.

Jesús se engendró a si mismo. Este fenómeno sucedió en la cruz. Durante un momento él dudó, estaba muy desconcertado —lo cual es natural—. Durante un momento no podía ver a Dios en ninguna parte. Todo estaba perdido, estaba perdiéndolo todo; iba a morir y parecía que no hubiera ninguna posibilidad… Esto le ocurre a todas las semillas. Cuando se introduce la semilla en la tierra, hay un momento en el que se pierde así misma, y deberá dudar —las mismas dudas que tuvo Jesús en al cruz—. La semilla está muriendo y debe agarrarse al pasado. Quiere sobrevivir —nadie quiere morir—. Y la semilla no puede imaginar que esto no es la muerte, que pronto resucitará envuelta de mil maneras, que pronto empezará a desarrollarse como brote.

La muerte de la semilla será el nacimiento del árbol, y tendrá muchas hojas, flores y frutos, y vendrán pájaros que se posarán en sus ramas y harán sus nidos, y la gente se sentará bajo la sombra del árbol; y el árbol hablará con las nubes y las estrellas de la noche, y jugará con el cielo, y bailará con el viento; y habrá gran regocijo. ¿Pero cómo puede conocer esto la pobre semilla que nunca ha sido otra cosa antes? Es inconcebible. Por eso Dios es inconcebible.

No se le puede demostrar a la semilla que esto es lo que le va a ocurrir, porque suponiendo que la semilla pidiera: «Entonces déjame VER qué vas a hacer», esto es imposible, no puedes hacerle ver lo que le va a ocurrir. Va a suceder en el futuro, y, cuando ocurra, la semilla habrá dejado de estar. La semilla nunca podrá encontrarse con el árbol. El hombre nunca se encuentra con Dios. Cuando el hombre ya no está, Dios desciende.

Jesús dudó, estaba preocupado, desconcertado. Gritó, casi le gritó al cielo: «¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué? ¿Por qué me torturas así? ¿Qué mal te he hecho?». Mil y una cosas debieron cruzar por su mente.

La semilla está muriéndose, y es completamente ajena a lo que va a ocurrirle a continuación. No pude concebir cuál será el próximo paso, de ahí la necesidad de fe, de confianza. La semilla tiene que confiar en que el árbol nacerá. Con todas sus dudas, todo tipo de miedos, inseguridades, angustias, ansiedad —a pesar de todo ello—, la semilla tiene que confiar en que el árbol nacerá, que le árbol va a tener lugar. Es un salto hacia la fe.

Este salto le sucedió a Jesús, se relajó en la cruz y dijo: «Venga a mi tu reino. Hágase tu voluntad…». Su corazón palpitaba. Es natural. Tu corazón también palpitará, tú también tendrás miedo cuando te llegue el momento de la muerte, cuando llegue ese momento en el que desapareces y te pierdes en una especie de nada, y que parece que no hay manera de sobrevivir, y tienes que rendirte.

Te puedes rendir de dos formas: contra tu voluntad, en cuyo caso de perderás el verdadero objetivo, simplemente morirás y volverás a nacer. Si puedes relajarte con profunda aceptación y confianza, si puedes rendirte sin ninguna resistencia… Eso es lo que Jesús hizo, este es su milagro más grande. Para mí este es el milagro, no que devolviera la salud a los enfermos, que hiciera ver a los ciegos, curara a los leprosos o incluso resucitara a Lázaro, para que volviera a la vida estando ya muerto. No, para mí estos no son los verdaderos milagros, todo son parábolas, metáforas. Todos los maestros han dado ojos a los que estaban ciegos y oídos a los sordos. Todos los maestros han sacado a la gente de la muerte que ellos llaman vida, los han sacado de sus tumbas. Esto son metáforas.

El auténtico milagro es cuando Jesús —a pesar de sus dudas, preocupaciones, sospechas— se relaja, se rinde y dice:

«Hágase tu voluntad», en ese momento Jesús desaparece y nace Cristo.

Teilhard de Chardin lo llama CRISTOGÉNESIS: Jesús engendrando a Cristo. Mediante la CRISTOGÉNESIS, el hombre se transforma en lo que realmente es; pierde aquello que no es y se convierte en lo que es: el hombre se vuelve «Cristo». Pero un «Cristo», nunca un cristiano. Un cristiano es aquel que sigue el dogma cristiano. «Cristo» significa aquel que muere como semilla y se convierte en un árbol. «Cristo» significa abandonar el ego, desaparecer como uno mismo y aparecer en otro plano, un tipo de transfiguración: una resurrección.

«Cristo» significa que ya no estás solo:
Dios está en ti y tú estás en Dios

Esta es la paradoja de la consciencia de Cristo. Cristo muchas veces se llama a si mismo Hijo del hombre y muchas otras veces Hijo de Dios. Es las dos cosas: Hijo del hombre en lo que al cuerpo concierne, e Hijo de Dios en lo que se refiere a la CONSCIENCIA. La mente es el mecanismo de la consciencia, al igual que el cuerpo es el soporte del espíritu. La mente pertenece al cuerpo, la consciencia al espíritu. Jesús es la paradoja: por un lado es hombre y por otro es Dios. Y cuando Dios y hombre trabajan juntos, no hay por qué sorprenderse si ocurren milagros. Los milagros se producen solo cuando Dios y el hombre funcionan juntos en colaboración.

León Tolstoi dijo: «Cristo es Dios y el hombre trabajando juntos, caminando juntos, danzando juntos». San Agustín dijo: «Sin Dios el hombre no puede existir; sin el hombre, Dios no existe». Cristo es la combinación —la unión de lo finito con lo infinito, el tiempo y la eternidad encontrándose y fundiéndose el uno en el otro.

Un viejo jardinero estaba cavando su terreno cuando pasó por allí un sacerdote. «Jorge», dijo el clérigo, «Es maravilloso lo que Dios y el hombre pueden hacer cuando trabajan juntos».

«Sí, señor, pero ¡Tendría que haber visto el jardín el año pasado
cuando lo tenía para Él solo!»

Sí, eso es verdad. El hombre a solas es impotente. Dios tampoco puede trabajar solo. Dios a solas es potente pero le falta un instrumento. El hombre solo es como un bambú hueco —sin nadie para crear una canción en él, nadie que lo llene de música, armonía, melodía. Dios a solas tiene capacidad para crear una melodía pero le falta un bambú hueco con el que hacer una flauta.

Cristo es la flauta en los labios de Dios.
Por lo tanto, lo que quiera que venga de Cristo es GODSPEL
(God = Dios, Spel = representación)
ES gospel (evangelio)

Catorce generaciones… «Por tanto, desde Abraham hasta David hay catorce generaciones; y desde David hasta la cautividad de Babilonia son catorce generaciones; y desde la cautividad de Babilonia hasta Cristo hay catorce generaciones.»

Esto también es muy simbólico. Los libros como la Biblia no están escritos por gente común, son lo que George Gurdjieff solía llamar «arte objetivo». La Biblia es uno de esos trabajos representativos del arte objetivo en el mundo. No es como un libro escrito por Shakespeare o Kalidas. Ellos crean arte subjetivo. Escriben algo, escriben muy bellamente, tienen sentido estético, pero son tan inconscientes como cualquier otro ser humano. Tienen olfato para la belleza, pero están tan dormidos como cualquiera. Su trabajo artístico es subjetivo: se expresan a sí mismos.

Libros como los Vedas, el Corán, la Biblia, los Upanishads… no están escritos por gente dormida, no están escritos como bella poesía o prosa; están escritos por gente que conoce la verdad, que han despertado a la verdad. Por eso, lo que quiera que escriban es casi como un mapa. Tienes que descifrarlo, tienes que decodificarlo, de lo contrario seguirás perdiéndotelo.

¿Por qué catorce generaciones? Ningún alumno lo ha preguntado, ningún estudiante bíblico lo ha planteado. ¿Por qué solo catorce? ¿Por qué no quince? ¿Por qué no trece?

Os ofrezco esto como ejemplo de arte objetivo. Son catorce por una razón determinada. Tiene que ser decodificado.

El espíritu madura igual que lo hace el cuerpo. El cuerpo madura a los catorce años —se hace sexualmente maduro, puede reproducirse sexualmente. A los catorce años el cuerpo ha madurado en cuanto a la reproducción sexual se refiere: el muchacho puede convertirse en padre, la muchacha puede ser madre; pueden reproducirse réplicas de ellos mismos.

De la misma manera el espíritu también madura. Igual que al cuerpo le lleva catorce años madurar sexualmente, al espíritu le lleva catorce generaciones para madurar espiritualmente. Este es el sentido de las catorce generaciones: desde Abraham a David, de David al exilio en Babilonia, y desde el exilio en Babilonia hasta Jesús. Y cuando el espíritu alcanza su madurez, cuando el fruto está maduro, cae del árbol. Inmaduro, pende del árbol. Inmaduro, TIENE que colgar —si cae inmaduro, nunca será dulce; seguirá siendo amargo, ácido. No tendrá utilidad. Para madurar, tiene que colgar. Cuando está colgando, únicamente demuestra que: «Aún no estoy preparado para soltarme». Cuando alguien está maduro, esa misma madurez se convierte en libertad y desaparece el estar apegado.

Jesús se desvanece en Dios, Jesús desaparece de este árbol de la vida: el fruto está maduro. En Oriente decimos que cuando alguien ha llegado a ser perfecto —en el sentido de que ha crecido todo lo que era posible en esta tierra, en esta situación— ya no volverá otra vez. Entonces cruza hacia el más allá: va más allá del punto de no retorno. Ya no vuelve nunca más. Nosotros lo llamamos un Buda o un jaina.

Los judíos llaman «Cristo» a ese estado: alguien que ha ido más allá y que sólo estará aquí durante un tiempo. El fruto está maduro esperando a caer en cualquier momento —una pequeña brisa y el fruto se habrá ido para siempre, desapareciendo en la existencia. Por eso el árbol se ha detenido en Jesús: sigue soltero, sin reproducirse. Este celibato no tiene nada que ver con el reprimido celibato común. Él no está en contra del amor, tampoco está en contra del sexo, no es un puritano, tampoco es un moralista.

La otra noche estuve leyendo lo que Dostoievski dijo: que los moralistas son siempre gente miserable. Esto parece ser una observación auténtica. Los moralistas SON gente miserable. De hecho, únicamente los miserables se hacen moralistas. Son tan miserables que les gustaría hacer que los demás también lo fueran.

Y la mejor manera para hacer que la gente se sienta miserable
es hacerles sentir culpables.

Jesús no es un moralista. Su BRAHMACHARYA, su celibato, tiene una cualidad totalmente distinta. Simplemente dice que ya no está interesado en reproducirse en el plano físico, está interesado en reproducirse en el plano espiritual. Ya no hace que nazcan niños, hace que nazcan discípulos. Crea en el mundo más soportes en los que Dios pueda descender. No crea cuerpos, crea ALMAS. Y es un maestro de milagros: creó mucha gente iluminada en la tierra —tenía este toque mágico. Y los creó de gente insignificante.

Buda creó mucha gente iluminada, pero eran almas muy, muy desarrolladas. Un Sariputta era ya un alma muy evolucionada; el fruto ya estaba maduro. Mi propio sentimiento es que aunque Buda no hubiera entrado en la vida de Sariputta, antes o después se habría iluminado; Buda no fue muy esencial. Ayudó, aceleró las cosas, pero no fue muy esencial. Si Sariputta no se hubiera encontrado con él, tal vez en una o dos vidas habría aparecido a la vuelta de la esquina; ya estaba en camino, estaba al borde. Así sucedió con Mahakashyap, también con Moggalyayan, y así ocurrió con otros discípulos de Buda.

Pero Jesús realmente hizo milagros. Tocaba piedras corrientes y las convertía en diamantes. Se movía entre gente muy común. Un pescador lanzando su red…, y entonces llega Jesús, se queda detrás de él, le pone la mano sobre el hombro y dice: «Mírame a los ojos. ¿Cuánto tiempo vas a estar pescando peces? Puedo hacer de ti un pescador de hombres. Mírame a los ojos». Y el pobre pescador común —sin educación, sin sofisticación, sin cultura; no habiendo oído nunca nada, tal vez jamás se había interesado en el crecimiento espiritual; contento de pescar peces y venderlos, feliz de vivir el día a día— miró a los ojos de Jesús, tiró la red y lo siguió, llegando el pescador a ser un iluminado. Lo mismo pasó con el granjero, con el cobrador de impuestos o incluso con una prostituta, María Magdalena…

Jesús convierte el metal corriente en oro.
Es realmente la piedra filosofal. Su toque es mágico:
de aquello que toca surge inmediatamente el espíritu.

Buda iluminó a mucha gente, pero ya estaban en el camino. Buda se movía entre gente sofisticada: instruidos, virtuosos, especiales. Jesús se movía entre gente muy común: los pisoteados, oprimidos, pobres. Este fue uno de los crímenes que le atribuyeron los clérigos: andar entre cambistas, alcohólicos y prostitutas. Va con prostitutas, va con cualquiera, come con cualquiera. Es un hombre caído. Y en la superficie, en todos los aspectos, parecía un hombre derrumbado. Pero únicamente descendía hacia esa gente para ayudarles a levantarse; caía hasta lo más bajo para dirigirlos hacia lo más elevado. Existe un motivo.

Lo más bajo puede que no sea sofisticado, sin cultura, pero tiene pureza de corazón; tiene más amor. Ahora podrás comprender la diferencia. El camino de Buda es el de la inteligencia. Él no puede dirigirse a un pescador y decirle: «Ven a mi y yo haré que te ilumines». Esto no es posible para él. Su camino es el de la consciencia, la inteligencia, la comprensión. El pescador ni siquiera comprendería su lenguaje; está muy por encima de él, más allá de su alcance.

El camino de Jesús es el camino del amor, y la gente pobre tiene más amor que los ricos. Tal vez este sea el motivo por el que son pobres, porque cuando se tiene mucho amor no se puede acumular mucho dinero —lo uno no es compatible con lo otro. Cuando se tiene mucho amor se comparte. Un rico no puede amar porque su amor siempre será un peligro para su riqueza. Si ama a la gente, tendrá que compartir con ellos.

Durante siete años estuve viviendo con una familia. El hombre era muy rico y estaba interesado en mis ideas —por eso me invitó a quedarme con él. Hizo para mi todo tipo de bonitos arreglos. Me proporcionó una casa grande con un enorme jardín. Y para poder estar conmigo, se vino a vivir junto con toda su familia. Yo estaba sorprendido, nunca lo había visto hablando con su mujer o sus hijos. Cuando estuvimos más habituados a estar juntos, un día le dije: «Nunca te veo sentado con tu mujer o tus hijos. Nunca te veo hablar con nadie de tu familia. ¿Qué es lo que pasa?».

Él me contestó: «Si le hablo a mi mujer, inmediatamente empieza a pedir —hay una joya muy bonita en la tienda, o bien, han llegado unos saris muy bonitos— o esto o lo otro. Inmediatamente salta sobre mi bolsillo. Si hablo con mis hijos, enseguida empiezan a hurgarme en los bolsillos. He aprendido que es mejor quedarme quieto, rígido y enfadado. Esto me protege. Así nadie me pide nada».

Comprendí su idea. Esta es la idea de todos los ricos del mundo. La persona que se obsesiona demasiado con su dinero lo hace porque realmente no puede amar. El dinero se convierte en el sustituto del amor. Empieza a atesorar dinero porque piensa que es lo único que puede hacerle feliz. «Atesora dinero, al menos podrás comprártelo todo». Incluso cree que con su dinero puede comprar el amor.

Podrá comprar sexo pero no amor. Sin embargo, mucha gente piensa que el sexo es amor. Podrá comprar cuerpos, pero no podrá tener ninguna intimidad con la persona. Mucha gente piensa que basta con poseer el cuerpo del otro. ¿Qué más se necesita? ¿Por qué preocuparse de nada más? A muchos solamente les interesa el sexo ocasional, sin intimidad, sin profundizar más, sin entrar en un diálogo profundo. Tienen miedo del diálogo profundo porque entonces hay compromiso y con el compromiso viene la responsabilidad. Para ello, tendrían que ser muy sensibles, estar vivos. «¿A quién le importa? El sexo ocasional está bien y se puede comprar, está disponible en el mercado». Quien solo piensa en el dinero cree que puede comprarlo TODO. «Por lo tanto, ¿por qué preocuparse de nada más? Puedes conseguir la mujer más hermosa, la casa más hermosa, esto y aquello…» Piensa que esto va a satisfacerle. Esto nunca satisface. Solamente el amor satisface, ningún otro sustituto puede satisfacer jamás. Un sustituto ES un sustituto; es seudo.

La gente pobre tiene más amor, porque los pobres no han cultivado tanto la cabeza su energía se mueve en torno al corazón. Estos son los dos centros: o bien la energía se mueve en el corazón o en la cabeza. Es muy raro encontrar a alguien tan equilibrado que su energía se mueva tanto en un centro como en el otro, o bien, que sea capaz de llevar la energía allí donde se necesite —desviarla—. Cuando quiere ser inteligente, canaliza, mueve su energía hacia la cabeza. Cuando quiere amar, canaliza su energía —toda su energía— hacia el corazón. Este sería el hombre perfecto.

Pero generalmente la gente no es tan perfecta.
O bien están aferrados a la cabeza o están disponibles para el corazón.

El camino de Jesús es el del amor, por eso hizo milagros con la gente pobre, con la gente común cuya inteligencia aún no estaba muy desarrollada. Pero le fue posible utilizar esa ocasión porque todavía su energía era pura y aún estaba en el corazón. Eran más parecidos a los niños.

Exactamente igual que el cuerpo madura en catorce años, el espíritu madura en catorce generaciones; este es el límite mínimo. Depende de ti. Puede que no crezca ni en ciento catorce generaciones —puede que seas muy perezoso o que continúes sin darte cuenta—. Siendo así, puedes seguir durante millones de vidas y no crecer. Pero catorce generaciones es el tiempo límite natural; tanto como eso se necesita.

El espíritu no es una flor de temporada; es como un gran cedro libanés. Un árbol que necesita catorce generaciones para crecer, para alcanzar el cielo. No es como las flores de temporada que crecen en pocas semanas, pero que también desaparecen en semanas. El espíritu significa lo eterno; lo eterno necesita tiempo, paciencia. Estas catorce generaciones no son más que un número simbólico.

Jesús no pudo nacer antes de catorce generaciones. Ese estado solo es posible después de un tiempo —después de haber atravesado algunas etapas. Y así ocurre también en otras dimensiones.

Por ejemplo, el hombre de las cavernas no pudo contribuir con los Diálogos platónicos, las sinfonías de Beethoven, las pinturas de Leonardo da Vinci o la poesía de Rabindranath Tagore. El hombre de las cavernas no podía ofrecernos estas cosas. Tampoco pudo aportar un Albert Einstein, un Dostoievski o un Picasso. No pudo darnos un Buda, un Lao Tse o un Jesús. Se necesita tiempo y preparación, y también se necesitan ciertas condiciones para poder crecer, solo entonces cabe la posibilidad de un Jesús.

Para que Jesús exista son necesarias muchas cosas; solo en esas circunstancias puede ser. Para que Jesús pueda expresar lo que quiere decir es necesario una persona que lo entienda.

Esto que os estoy diciendo solo puede ser dicho ahora. Únicamente se puede decir ahora, nunca antes; no hubiera sido posible. Y lo que os estaré diciendo mañana, solo será posible mañana, no hoy. Tienes que ser receptivo, tienes que crecer. Si no estás en un cierto estado receptivo, no puede ser expresado.

Jesús es la culminación de toda la consciencia judía, y lo extraño es que los judíos lo rechazaron. Esto es lo que siempre viene sucediendo. Buda fue la culminación de la consciencia hindú, y los hindúes lo rechazaron. Sócrates fue la culminación de la consciencia griega, y los griegos lo mataron. Es muy extraño, pero esto siempre ha sucedido así. ¿Por qué no podemos aceptar nuestra propia culminación? ¿Qué es lo que no funciona? ¿Por qué no pudieron los judíos aceptar a Jesús? Estuvieron esperándolo, esperaban al Mesías, esperaban que llegara Cristo. Todavía están esperando, pero el Mesías ya ha venido y también se ha ido. Ellos colaboraron para que se marchara y, sin embargo, todavía siguen esperándolo.

¿Cuál fue el error? ¿Qué es lo que siempre hacemos mal? Jesús es la culminación de la consciencia judía. Todos los profetas que lo precedieron estuvieron preparando el terreno para su llegada. Eso fue lo que Juan Bautista le decía a la gente: «Yo no soy nada comparado con la persona para la que estoy preparando el camino. Solo soy un barrendero que está limpiando el camino para su llegada. Aquel que está más elevado que yo está llegando». Juan Bautista y los demás profetas únicamente prepararon el camino para esta culminación suprema, para esta cima, este Everest. Y cuando el Everest llega, algo empieza a ir mal. ¿Qué es lo que va mal? Las otras cimas comienzan a sentirse pequeñas.

Todos han colaborado. Simplemente date cuenta que el Everest no puede mantenerse en pie si las demás cimas de los Himalayas se esfuman; el Everest no puede quedarse solo. Necesita todos los Himalayas para apoyarle, para que pueda estar allí. No puede elevarse tan alto por sí solo —ninguna cima puede subir tan alto sola. Necesitará el soporte de miles de otras cimas— más pequeñas, más grandes y de todo tipo. Pero una vez la cima se ha elevado, las demás cumbres empiezan a sentirse heridas. Sus egos duelen; es muy doloroso. Ellas le HAN dado soporte —ésta es la paradoja—, ¡han ayudado a su crecimiento! De no haber sido por ellas, esto no hubiera sido posible, y ahora que ha ocurrido, se sienten muy bajas, deprimidas. Sería muy lógico que todas las cumbres de los Himalayas conspiraran contra el Everest. Sería muy lógico que lo crucificaran.

Eso es lo que sucedió a Jesús. Una vez estuvo allí, los judíos, los rabinos, los líderes religiosos, los sacerdotes empezaron a sentirse muy ofendidos. Su sola presencia era ofensiva; no porque él ofendiera ni hiriera a nadie, ¿cómo podría herir? —pero su sola presencia, esa altura similar a la del Everest, esa plenitud, esa prominencia—, todo el mundo parecía bajo y pequeño.

Pero el Everest no pudo hacer nada para evitarlo. No es arrogante, no es egoísta, pero sí es elevado —ciertamente esto es así—. Todas las otras cimas se sienten heridas, dolidas, quieren vengarse. Por eso Jesús fue crucificado. Por eso Buda fue rechazado —expulsado completamente de su país. Se convirtió en extranjero en su propio país.

Y así ha venido pasando a lo largo de los siglos, y aún sigue ocurriendo. Y parece que va a seguir siendo siempre así, porque el humano, después de todo, es hombre. En sus sueños, en sus actitudes egoístas, así es como funciona.

Las Bienaventuranzas son canciones que Dios canta por medio de Jesús. Recuerda, él es un simple médium. No es el autor de estos Evangelios, solo es un mensajero. Únicamente te está dando lo que él está recibiendo.

Ahora, entremos en las Bienaventuranzas

Al ver a la gente, subió al monte y se sentó; se le acercaron sus discípulos…
Me gustaría que penetrarais en cada palabra muy en silencio, con mucha comprensión.

Al ver a la gente…
La muchedumbre, la masa
 subió al monte…

Esto es una forma de mencionar ciertos aspectos psicológicos. La multitud es el estado más bajo de la consciencia —la masa, la muchedumbre—. Es una densa oscuridad. Allí está muy oscuro y muy profundamente dormido. Cuando uno se mueve entre la multitud, si quieres conectar y relacionarte con la muchedumbre, tienes que ponerte a su nivel. Por eso, cuando estás entre la multitud, te sientes un poco perdido. Empiezas a sentirte algo agobiado. Este sentimiento de asfixia no es solamente físico —no es solo por la gente que te rodea, no—. El ahogo es más psicológico, porque cuando te encuentras entre gente con un bajo nivel de consciencia, no puedes seguir siendo un Everest; ellos tiran de ti hacia abajo. Cuando te unes a la masa, pierdes algo. De aquí surge la necesidad de estar a solas, de meditar. Y en la vida de Jesús encontrarás que en muchas ocasiones se mueve entre la multitud —su trabajo se encontraba allí, ese era su campo—, pero de vez en cuando, después de unos pocos meses, se va a las montañas; se aleja de la multitud y de la masa, de la mentalidad de las masas, para estar con Dios.

Cuando estás a solas te encuentras con Dios. Solamente puedes estar con Dios cuando estás absolutamente a solas. Y cuando estás con Dios empiezas a volar por el cielo. La propia presencia de Dios te lleva cada vez más alto. La presencia de la muchedumbre te lleva cada vez más bajo. Sólo con Dios puedes volar por el cielo, puedes tener alas. Con la muchedumbre, tus alas están cortadas. ¿Qué digo alas? También tus manos, tus piernas están cortadas. Te vuelves un lisiado, porque todos ellos están lisiados. Te vuelves paralítico, porque todos ELLOS están paralíticos. Y jamás te perdonarán si no vives conforme con ellos cuando estás con ellos.

Si quieres trabajar con ellos, si quieres ayudarlos, tendrás que moverte en su mundo, de acuerdo con ellos. Y esto es cansador, muy agotador.

Al ver a la gente, subió al monte…

Residía en una ciudad haciendo su mágico trabajo de transformar a la gente —devolviendo la vista a los ciegos y el oído a los sordos; aquellos que no podían andar, que no podían crecer, fueron desarrollados; quienes estaban muertos y apagados, fueron rejuvenecidos otra vez, revitalizados. Pero todo este trabajo… y aún llegaba mucha más gente, una gran multitud le rodaba… estaba exhausto, cansado. Por eso tuvo que subir a la montaña.

Ir hacia fuera es bajar, ir hacia dentro es subir. Hacia dentro está el mundo interior, hacia arriba y hacia dentro significan lo mismo; hacia fuera y hacia abajo significan lo mismo. Cuando uno tiene que relacionarse con gente hay que ir hacia fuera, y cuando el nivel de consciencia de esa gente es muy bajo tienes que inclinarte, lo cual resulta muy cansado.

Jesús, Buda y Mahavira, todos ellos subieron a las montañas. Se fueron a un lugar solitario para recobrar su elevación, su pureza, su estado propio. Para extender sus brazos otra vez, para ser ellos mismos y estar con Dios. Con Dios, empiezan a elevarse alto. Con Dios, te conviertes en una paloma, vuelves a retomar la altura. No hay ningún límite. Una vez más vuelves a ser vital, lleno de Dios, vuelves a ser como una nube llena de lluvia que te gustaría derramar. Vuelves con la multitud donde la gente se encuentra sedienta.

La gente me pregunta qué hago yo solo en mi habitación. Esa es mi montaña. Allí es donde yo puedo elevarme alto. Sin necesidad de pensar en vosotros, de comulgar con vosotros. No necesito funcionar con el cuerpo ni con la mente. Puedo olvidarme del cuerpo y de la mente. Puedo olvidarme de vosotros. Puedo olvidarme de todo.

En esos momentos de olvidar absolutamente todo, uno es. Y ese ser es inmenso. Ese ser tiene esplendor. Es frescura, es vitalidad, porque es el mismísimo origen de la vida.

Pero una vez estás lleno de vida, tienes que compartirlo.

Por eso cada mañana vuelvo con vosotros, cada tarde vuelvo con vosotros. ¡Continuamente estoy yendo de mi montaña hacia la multitud!

Ir a la montaña no significa realmente ir a la montaña, sencillamente significa ir a las alturas interiores. Que Jesús fuera o no a una montaña real es irrelevante; no tiene nada que ver con el Evangelio. Probablemente fue a la montaña porque en aquellos días era casi imposible vivir como lo hago yo. Era imposible.

Durante quince años yo también viví como Jesús, moviéndome entre la multitud, era imposible estar a solas durante un simple momento. Tenía que volver una y otra vez al lugar donde yo vivía en Jabalpur y quedarme absolutamente a solas. Jabalpur fue muy desafortunado. Estuve viajando por todo el país y encontrándome con gente —pero no así en Jabalpur—. Era mi montaña. Y cuando volvía a Bombay, a Delhi o a Poona, la gente me preguntaba por qué regresaba innecesariamente una y otra vez a Jabalpur. Después de quince o veinte días… tenía que volver a Jabalpur y quedarme tres o cuatro días y otra vez volvía a empezar… Era innecesario. Podría haber ido de Poona a Bombay, de Bombay a Delhi, de Delhi a Amritsar, de Amritsar a Srinigar. ¿Por qué tenía que ir primero a Jabalpur y después de unos pocos días marcharme otra vez?

Jabalpur era mi montaña. Allí me quedaba completamente a solas. Cuando incluso allí me era imposible estar a solas y la multitud empezaba a llegar, tenía que abandonar ese lugar.

A solas en mi habitación hago exactamente lo que Jesús hizo.
Al ver a la gente, subió al monte y se sentó; se le acercaron sus discípulos…

Hablar a los discípulos es una cuestión completamente distinta. Para hablar a la multitud se utiliza un lenguaje de masas. Yo tuve que crear una clase especial entre mis propios sannyasins, para aquellos con los que podía tener una comunicación de corazón.

Cuando se habla a las multitudes, en principio, son muy indiferentes a lo que se les está diciendo —hay que gritar innecesariamente. En segundo lugar, si no son indiferentes, están en contra— antagonistas, siempre temerosos y protegiendo sus ideas, siempre resistiendo, argumentando. Lo cual es trabajo superfluo. Las cosas sobre las que yo hablo o sobre las que habla Jesús no pueden ser discutidas. Es imposible demostrarlas —solo se puede confiar. Si puedes confiar en mí, puedo explicártelas. Pero la confianza tiene que ser algo totalmente básico. Si no confías en mí, no hay manera de evidenciar nada. En ese caso es una simple pérdida de mi tiempo y del tuyo.

Hablar a los discípulos es algo distinto. Hablar a los discípulos significa que el otro es receptivo —no solo receptivo, sino inmensamente bien recibido. Eres bienvenido, la otra parte quiere que entres, quiere ser el anfitrión de todo lo que digas. Las puertas están abiertas, las ventanas están abiertas para que te conviertas en brisa, en la luz del sol y entres en sus seres. No tienen miedo, no están a la defensiva, no cuestionan; están listos para acompañarte de todo corazón a cualquier dimensión desconocida.

Hablar a los discípulos no es un tipo de discusión o de debate —es un diálogo. Es mucho más un diálogo como aquel entre dos amantes. El discípulo ama al Maestro, el Maestro ama al discípulo. Un profundo amor fluye entre ellos. El amor es el puente, y así se pueden explicar grandes verdades, transmitir, casi materializar.

… y se sentó; se le acercaron sus discípulos;
y, abriendo su boca, les enseñaba así…

De la multitud había escapado, pero no de los discípulos. Para los discípulos está disponible. Él puede volar con Dios y los discípulos pueden volar con él. Quizás ellos no sean tan expertos volando, pero están dispuestos a ello. Y eso es todo lo que se necesita, lo más esencial. Tal vez ellos no pueden llegar hasta lo más alto por sí solos, pero confiando en el Maestro pueden seguirlo —pueden seguirlo a cualquier distancia, pueden llegar a cualquier extremo.

El Maestro vuela con Dios, los discípulos vuelan con el Maestro. El discípulo aún no puede ver a Dios, pero puede ver al Maestro, y a través del Maestro puede sentir a Dios. Por eso el Maestro de convierte casi en un Dios para el discípulo. Lo es. Poco a poco, cuanto más cerca está el discípulo del Maestro, más podrá ver que el Maestro es un vacío o un espejo en el que Dios se refleja. Antes o después, él mismo será un vacío, un espejo y, a su vez, podrá ayudar a otros.

…y, abriendo su boca, les enseñaba así:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

Esta es una de las afirmaciones más fundamentales jamás hechas. Muchas otras bienaventuranzas le seguirán, pero nada comparado con esta. Es excepcional, extraordinaria. Y su belleza es: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos ES el reino de Dios». En otras bienaventuranzas dirá: «… ellos HEREDARÁN la tierra». Pero en esta dice: «…porque de ellos ES el reino de Dios.»

«Pobres de espíritu» significa exactamente lo que Buda le decía a Sariputta: La nada. El ego te hace sentir que eres rico, que eres alguien, esto y aquello. Cuando el ego desaparece y no eres nadie —esto es lo que Jesús quiere decir con «pobre de espíritu».

La palabra de Buda es más sofisticada, más filosófica.

Por tanto, ¡Oh Sariputta!,
La forma es nada, la nada es forma.

Las palabras de Jesús son sencillas, no sofisticadas. Lo cual es natural. Buda era el hijo de un gran rey, Jesús es el hijo de un carpintero. Durante muchos años estuvo trabajando en el taller de su padre llevándole madera, cortando madera. Conoce los modales de la gente sencilla, los leñadores, los carpinteros.

Dijo: Bienaventurados los pobres de espíritu —aquellos que saben que no son nada, aquellos que saben que su interior está sencillamente vacío, no hay un yo mismo, no hay un ego, no hay reivindicación, no hay mundo, no hay conocimiento, no hay escrituras— simplemente vacío, cielo puro, espaciosidad. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de Dios». ¡Es su DERECHO AHORA! No dice que «será», no hay aplazamiento, aquí no interviene el elemento tiempo. Si no eres nada, en ESTE mismo momento eres Dios. Si no eres nada, ¡eres Dios! Entre la nada y Dios, no hay espacio que cruzar —no hay un vacío. En un lado está la nada, la pobreza de espíritu, en el otro lado está el reino de Dios.

Una afirmación muy paradójica: Aquellos que son pobres serán reyes; y quienes piensan que son reyes seguirán siendo pobres. Pierde si quieres ganar; gana si quieres perder. Posee si quieres seguir siendo un mendigo; no poseas si quieres ser un rey. No poseas nada en absoluto —ni siquiera a ti mismo. Este es el significado de «pobre de espíritu». Suyo es el reino de Dios aquí y ahora, ahora mismo. No es una promesa para el futuro, es una simple afirmación de la verdad.

Las demás bienaventuranzas no son tan profundas. Si esto se comprende, no hay necesidad de seguir leyendo más. Si no se comprende —y no debió de comprenderse, porque Jesús continuó—, hizo más suave la verdad, más entendible.

Después dijo:

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Aquí interviene el futuro. Los discípulos no deben haber entendido, de lo contrario solamente habría una bienaventuranza porque las contiene TODAS. No hay necesidad de elaborarla. Jesús lo ha dicho todo. Este es el sutra supremo. Pero debió mirar a su alrededor a los ojos de los discípulos y vio que no habían podido comprenderlo —es demasiado elevado. Tiene que bajar un poco, tiene que introducir el futuro.

La mente puede comprender el futuro, no puede comprender el presente. La mente es totalmente incapaz de comprender el presente. Si yo os digo: «Ahora mismo sois Budas y Cristos», me escucháis, pero decís: «¿Qué estás diciendo? ¿Yo un Buda? Y justo la pasada noche estuve jugando y apostando. Y, Osho, tú me conoces, soy muy fumador. Incluso fumo hachís a veces. No me conoces, soy un pecador. ¿De qué hablas? Yo me conozco mejor. No soy un Buda, soy el peor pecador del mundo».

Por consiguiente, puedes escucharme si te digo que: «ERES un Buda ahora mismo. No te falta nada, no careces de nada». Escuchas por cortesía, pero en el fondo estás diciendo «¡Tonterías!».

Jesús dijo lo esencial:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Esto podría compararse con el sutra que Buda dio a Sariputta, cuando le dijo: Este es el único mantra, el incomparable mantra. No hay ningún otro mantra más elevado que este: GATE, GATE, PARAGATE, PARASAMGATE, BODHI SVAHA: Ido, ido, ido al más allá, ido todo al más allá. ¡Qué éxtasis! ¡Aleluya!

Y dice que esto es todo, condensado en un pequeño mantra.

Este mantra es igual:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Ahora mismo, aquí-ahora, en este mismo momento. Sé nadie y tenlo todo. Sé un mendigo y llega a ser un emperador. PIERDE y posee.

Debió de mirar a su alrededor —la flecha no había alcanzado el objetivo. Los discípulos habían salvado sus corazones. Se apartaron del camino de la flecha; les pasó al lado, por encima de las cabezas. Jesús tuvo que descender— introdujo el futuro.

EL futuro significa introducir la mente. La mente puede comprender los medios y los fines, la mente puede entender causa y efecto: «Haz esto y pasará esto». Pero recuerda, «pasará» —sucederá en el futuro. Pones la semilla en la tierra y un día será un árbol. «Perfectamente correcto», dice la mente. «Puedo comprenderlo. Hay un proceso: poco a poco el árbol crecerá». Pero si dices: «Pon allí la semilla… y ¡mira! ¡date cuenta!, ¡ahí está el árbol!». La mente dirá: «¿Eres mago o qué? Solo los magos pueden hacer eso».

La primera afirmación es muy mágica, la mente no puede imaginarlo; no puede reconocer qué es. La mente puede comprender la división, la dualidad, causa y efecto, pasado y futuro, esto y aquello, aquí y allá. La mente divide —así se encuentra en paz. Dice: «Perfectamente bien. Sé honrado, y conseguirás aquello. Pero existirá un lapso de tiempo, y tienes que prepararte, tienes que hacer muchas cosas». La mente siempre tiene que estar haciendo.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Jesús dice: Está bien, sé como un niño pequeño que está desamparado. El niño solo con llorar y gemir por su madre, ésta enseguida corre hacia él. Cuando el niño está triste, la madre acude a consolarlo. Por tanto, laméntate, deja que tus oraciones sean llantos de desesperación. Recuerda, la definición de oración es: meditar mediante lágrimas, meditar con lágrimas. Cuando las lágrimas son tu meditación, es oración. Cuando la meditación es con amor, y piensas que eres como un niño perdido, un niño pequeño, y la existencia es la madre o el padre… así es el planteamiento de Jesús. Él dice: Entonces reza, clama tu desesperación y serás asistido y consolado.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Sé sencillo, humilde, dócil; no seas arrogante. Escucha la diferencia. La primera era «pobre de espíritu». No dice que seas humilde, porque en la humanidad subyace un ego sutil. Tienes la idea de que «yo soy humilde» —el «yo» está allí. Primero pensabas «yo soy muy grande», ahora piensas «yo soy muy dócil». Pero el «yo»sigue estando allí.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Una pequeña barrera, por eso es en el futuro. No puede ser ahora mismo. Esa pequeña barrera de humildad, de docilidad seguirá rodeándote, y continuará manteniéndote dividido de la verdad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartos.

Haz buenas obras, sé honesto y Dios te colmará.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán la misericordia.

Sé misericordioso, sé compasivo. Lo que quieras que Dios te diera, dáselo tú al mundo —al mundo de Dios. Esa es la ley.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Incluso en la pureza…, hay una distancia.

La pobreza es lo más supremo. En la pureza aún hay algo de ego: «Soy puro, santo, sagrado, mejor que tú», y más cosas por el estilo. Pecador es aquel que reclama el ego —el ego bruto. Santo es quien reclama el ego sutil: la santidad. Y sabio es aquel que no reclama. El sabio es quien simplemente dice: «Yo no soy nadie, soy la nada». Y no es solo una forma de hablar, lo sabe; existencialmente lo sabe.

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos.

Alegraos y regocijaos, porque es grande vuestra recompensa en los cielos.

Pues así persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Sois la sal de la tierra…

Jesús dice: ¡Regocijaos! Más no es el regocijo supremo, es un deseo; porque grande será la recompensa en el cielo. Existe el deseo de obtener algo, de alcanzar algo. Si no tienes ningún deseo —ni siquiera desear a Dios, ni tampoco desear el cielo—, entonces AHORA MISMO eres un rey, ahora mismo el reino de Dios es tuyo.

Y Jesús dijo a sus discípulos:

Sois la sal de la tierra…

Esto es muy absurdo, parece absurdo. Ellos eran gente pobre. Unos eran carpinteros, otros zapateros, pescadores —gente así. Y Jesús les dice: «Sois la sal de la tierra…». Y tiene razón aunque parezca absurdo. No eran ni reyes, ni grandes emperadores, ni virreyes, ni magnates, ni gente rica —no lo eran. Pero ¿por qué les dice: «Sois la sal de la tierra»? —porque si hay alguna cosa que conoce algo de Dios esto es la sal. Gracias a esta gente la tierra sigue teniendo sentido, sigue significando algo, la vida tiene algo de sabor y de alegría.

Y yo os digo lo mismo: Sois la sal de la tierra, porque aquel que haya empezado su marcha hacia Dios ha comenzado a ir hacia la alegría. Y cuando alguien va hacia la alegría, ayuda al resto del mundo a ir hacia ella, porque vosotros sois el mundo.

Alegraos y regocijaos… porque

Sois la sal de la tierra; si la sal se desvirtúa,

¿Con qué se la salará?

Pero nada vale ya, sino para tirarla afuera, a que la pisen los hombres.

También os digo: Sois la sal de la tierra. Sois la vanguardia de la futura evolución del hombre. Vosotros los sannyasins sois portadores de las semillas del futuro. ¡Regocijaos! Y sed cada vez más salados, cada vez más llenos de Dios.

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